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Relato · 10 de mayo de 2021

Clairest

Clairest

Claire se sobresaltó de la cama debido a un mal sueño, al incorporarse percibió una suave brisa de las primeras semanas de verano a través de la ventana más cercana.

Consultó el reloj de su mesa, 07.32 am., se puso el vestido del día anterior y las botas con las que trabajaba su pequeña parcela. Acostumbrada a los trabajos forzados, no le importaba pasar los fines de semana en esta propiedad heredada de sus tíos, la familia Downshire, una de las primeras familias de arrendatarios con fines comerciales de Dublín.

El único motivo por el que Claire pasaba los sábados realizando ese tipo de tareas era exclusivamente por sentir la agradable sensación de desconectar de la rutina a la que se veía sometida día tras día en la academia de institutrices.

Una vez en la parcela, realizaba las tareas de mantenimiento propias de dicha labor:

La siembra, la fertilización, el riego y la recogida de alimentos, todo en función de la época del año que le tocaba vivir.

Mientras trabajaba la tierra, reía para sus adentros cada vez que pensaba en la posibilidad de que en la academia acabasen descubriendo que cuando acababa la semana, ella se enfundaba las botas altas y se metía de lleno en el trabajo agrícola.

Desde la grave plaga que diezmó la cosecha de patatas en 1849, se habían tomado medidas extraordinarias para evitar la propagación de esos pequeños coleópteros y Claire conocía el protocolo. Esto, sumado a que la patata es el principal alimento de la isla hacía que el país no se pudiese permitir otra hambruna de similares características.

A la hora de comer, tomó un sosegado baño que además de reconfortante, la animó a acicalarse especialmente para el paseo que vendría a continuación. Para ese día, eligió un elegante vestido cuya moda habían traído los franceses hacía unos años y que estaba compuesto de motivos verde esmeralda sobre un vaporoso miriñaque azul de encaje floral.

Puesto que no tenía excesivo apetito, Claire salió de casa y paseó hasta Grafton Street. A esa hora de la mañana, las calles no estaban tan concurridas y las palomas habían decidido adueñarse temporalmente de las calzadas adoquinadas.

Se dedicó a pasar buena parte del recorrido mirando escaparates, engalanados con vistosos marcos dorados, prototipos ornamentales de inventos inútiles y cristaleras de diferentes estilos.

Claire era de la firme opinión de que los dublineses volvían a sentirse bien consigo mismos, observaba jovialidad en sus rostros y por fin parecía que las nuevas generaciones de pensadores dedicaban un mínimo de su tiempo a la autocrítica y a la memoria histórica.

Sin católicos o protestantes desde el lustro de la negación, ningún estamento eclesiástico dictaminaba el destino de Irlanda y estas agrupaciones se habían convertido en un vestigio casi anecdótico de lo que un día fueron. Dicho de otra manera, la sociedad se sentía libre de cadenas que redujesen sus pensamientos al mínimo común denominador.

Decidida a realizar alguna compra, Claire entró en la librería Ulysses Rare y el dependiente realizó un intento de saludo cordial que quedó en eso, un intento.

Buenos días, le espetó Claire.

Si es tan amable, ¿Puede recomendarme algún libro relacionado con los eventos del “naufragio de los 3 vacíos”?

Tras una pausa valorativa, el dependiente reaccionó dejando evidente que una señorita no debe sumergirse en ese tipo de asuntos.

Claro, están en el estante número 12, sección “historia y nigromancia”. Todo ello sin mirarla ni una sola vez.

Claire se dirigió a la zona indicada no sin antes esquivar a curiosos y lectores ávidos.

Ojeó y ojeó sin decidirse a tomar ninguno de ellos, hasta tal punto que cambió de zona y se adentró en un angosto pasillo. Había un letrero suspendido de un arco de medio punto que rezaba la palabra, “Donaciones”.

Fue entonces cuando sucedió.

Tras una rápida ojeada por los estantes, le llamó la atención un tomo de color negro.

Entienda el lector que no destacaba por tener una tonalidad negra tradicional, se trataba de un tinte muy específico que nunca había visto, como si absorbiese la luz.

Miró a su alrededor y viendo que se encontraba sola en el pasillo, lo sacó.

El libro, que tendría unas 800 páginas le pareció inusualmente liviano y desprendía cierta sensación de calidez. La portada no destacaba especialmente, los materiales de fabricación no estaban entre los mejores y solo aparecía un símbolo en la portada.

No se lo pensó dos veces, lo compró no sin antes realizar un generoso pago al dependiente, que emitió un sonido de condescendencia. Se guardó el libro en el bolso y salió de la librería.

Durante el camino a casa se le abrió el apetito y decidió entrar en el primer restaurante que vio y engullir un delicioso estofado de carne.

Cuando se dispuso a salir del establecimiento notó un agradable calor en una de sus piernas, provenía directamente del bolso.

Ese hormigueo agradable se tornó en un calor incandescente que percibió sobremanera una vez hubo metido la mano en el bolso y comprobó que efectivamente, el libro era el causante de ello.

Aceleró el paso temiendo que, de un momento a otro, el bolso entrase en combustión en plena calle, algo que sería difícil de explicar.

Abrió y cerró rápidamente la puerta principal y colgó su abrigo en el perchero del zaguán. Dejó el libro en el frío suelo de mármol por motivos térmicos y preparó todo lo necesario para intentar sumergirse en ese inusual libro. Se preparó un té caliente y corrió las cortinas de la ventana.

El libro estaba a temperatura ambiente, lo cogió y abrió la tapa.

Ahí aparecía el siguiente texto:


Para CLAIRE, que abrirá este libro durante su juventud.

No todo lo que los humanos cuentan es cierto.

Todavía están ahí, día y noche.

En los túmulos cercanos al fin de la tierra. Cadáver de piedra, orgánico y quedo.

En los meandros de Altatöringa, sedimento e industria.

I gciorcail an réasúin, levitates folamh.

— SACA LO MEJOR DE TI.


† Del gaélico irlandés; En los círculos de la razón, el vacío levita.