Relato · 12 de septiembre de 2021
La Tostadora

Cristina tenía el sueño muy profundo, nada perturbaba su fase REM salvo algo extraordinario y solo había una cosa que la despertaba.
¡El desayuno está hecho, despierta dormilona!
Una sonrisa se dibujaba en su rostro al mismo tiempo que se desperezaba. El lunes había vuelto zumbando como un mal bicho. Era la vida que había elegido, la casa que había elegido y el matrimonio que había elegido, incluso el gato que había elegido. Todo había sido elegido, incluso la estética de la vivienda. Todo, salvo una cosa.
De camino al baño se desvió hacia la cocina para posar su cabeza en el pecho de su marido, de nombre Esteban.
Buenos días. —susurró Esteban.
Buenos días, voy al baño y salgo enseguida ¿vale? —contestó Cristina.
El rasgo que más atraía a Cristina de Esteban era la inherente capacidad de priorizar el bienestar del grupo por encima del individuo. Esos rasgos empáticos hacían que fuese extremadamente generoso y estaban combinados con una personalidad arrolladora.
Por su lado, el rasgo distintivo de Cristina era su positivismo. Ella podría haber tenido un día verdaderamente negro que para cuando llegaba el final de este, se activaba su reserva de alegría para con su marido. Lo más importante de todo es que no le suponía un esfuerzo, lo hacía de manera autómata.
Siguió su camino al baño, ya sin peajes y con los ojos más abiertos que el minuto anterior y cerró la puerta. Se lavó los dientes y se vistió con las prendas perfectamente dobladas que estaban situadas en una estantería.
Se miró de cerca en el espejo, buscando nuevas imperfecciones en su rostro que pudiesen haber aparecido la noche anterior cuando percibió que, encima del bidé, se encontraba la tostadora.
¿Qué cojones hace esto ahí? —Soltó Cristina.
Aquel electrodoméstico estaba conectado a la corriente. Se dirigió hacia él y sin más, tiró suavemente del cable y lo llevó a la cocina.
Para entonces, Esteban ya se había marchado al trabajo.
A Cristina le habría sorprendido que Esteban no se hubiese despedido de ella si no supiera de su extremada facilidad para llegar tarde al estudio.
La dejó sobre la bancada de la cocina y desayunó mientras leía Twitter. Se había guardado un par de hilos sobre la situación política que sufría el país y los leyó con mucha concentración.
Cristina y Esteban adoptaron una gata cuatro años atrás, de una protectora de animales situada en el mismo distrito en el que residían. Puesto que Sparkle no salió a saludar aquella mañana, fue Cristina quien acudió a buscarla a su lugar preferido. Le habían reservado un lugar VIP en un mueble con forma de cuadrícula que tenía vistas a la calle y Sparkle se podía pasar perfectamente horas y horas asomada al exterior sin perder un ápice de concentración.
Tras despedirse de ella, cogió sus llaves y se dispuso a salir.
Todo apuntaba a un lunes-rutina más, pero no. El asunto de la tostadora llegó a su cerebro como un flash mientras, sentada en el metro, observaba el exterior con la mirada perdida.
¿Por qué había puesto la tostadora en el baño? Cristina cayó en la cuenta de que quizás se podría haber estropeado el enchufe de la cocina e hizo las tostadas en el baño. Era una posibilidad.
Decidida a resolver la incógnita cuanto antes, le envió un mensaje a Esteban.
Esteban reconoció que sí, que fue él quien había puesto la tostadora en el baño, pero que se le olvidó volver a colocarla en la cocina. Le explicó que el enchufe de al lado del frigorífico se había fundido en la última subida de tensión.
Solventado el misterio, Cristina se bajó en la parada de siempre. En aquel punto concreto de la salida del metro se sentía como un eslabón más de la cadena de producción. Todas aquellas personas formaban un enjambre de coleópteros que trabajaban en el distrito financiero.
Fue entonces cuando sucedió. Entró en escena la otra parte de la que se componía su rutina diaria, una parte de la que no se enorgullecía y que su propio marido no era capaz de intuir.
Cristina sabía que estaba a punto de suceder, intentó no pensar en ello, relajarse y forzar una sonrisa. Percibía el brillo de la mañana más tenue y se observaba en tercera persona desde un plano cenital, preguntándose cuando desaparecería ese alter ego creado por su imaginación. Lo llevaba arrastrando tanto tiempo que no sabía si la presión que sentía en el pecho desde entonces había remitido o simplemente se había acostumbrado a ella.
Puesto que Cristina no había hablado a nadie del asunto que la atormentaba, no sabía cómo referirse a ese ser, pero de aquí en adelante el lector lo conocerá como eso.
La entidad cada vez estaba dotada de mayor fuerza y había cobrado forma literalmente delante de ella. Aquella versión de una Cristina deformada la miraba y paseaba a su lado sin mediar palabra, era como si orbitase alrededor de ella y se nutriese de su fuerza gravitatoria.
– Márchate, ¿no crees? —Le dijo Cristina.
– ¿Por qué? Tú me has creado, y sabiendo lo complicados que somos los de mi clase, bien sabes que no me voy a ir así de primeras. ¿Recuerdas la etapa del TFM? Pues ya sabes lo que tienes que hacer, concéntrate en tratar con compañerismo a todas estas personas que detestas, ódiate un poco más por haber elegido todo lo que has elegido. ¡Ah! y si te ves mal, enciérrate en el baño y finge una indigestión por no saber hacer frente a tu trabajo.
Fue a mitad de la jornada laboral cuando Cristina no pudo más, el sonido de las teclas de los ordenadores resonaba en su cabeza con un eco infinito y para colmo, sentía la mirada de aquella imagen clavada en su nuca. Dejó de teclear y miró hacia atrás. Efectivamente, allí estaba con su sonrisa torcida mirándola inquisitivamente.
Le sudaban las palmas de las manos.
Se levantó bruscamente y se dirigió al baño a paso ligero. Cerró la puerta y comenzó a hiperventilarse. Sus pulsaciones no bajaban de 90 hacía ya unas horas en formato de arritmias. Un tres por cuatro cardíaco que estaba lejos de parecerse a un vals.
Creía que se iba a desmayar, notaba hormigueos en los brazos y se dobló abrazándose las piernas. Estaba a punto de lanzar un grito para despresurizar el artefacto en el que se había convertido su cuerpo cuando, de la más absoluta nada, se acordó de la anécdota matutina de la tostadora.
He estado con una tostadora más tiempo esta mañana que con mi pareja. –espetó en voz alta al mismo tiempo que miraba la puerta del box del retrete.
¿Cómo? –respondió eso.
¿eh? –soltó Cristina, como no siendo consciente de lo que acababa de decir.
Vale querida, objetivo conseguido. Se te ha ido la cabeza. –dijo eso. Venga, lávate la cara y salgamos del edificio, que aún nos toca la despedida final cerca del metro. Te tengo preparado algo muy especial.
Ah sí, no no, espera espera, te lo quiero contar. —comenzó Cristina. Me he encontrado una tostadora conectada en el baño. ¿entiendes? En el baño. ¿No es gracioso? Normalmente deberían estar en la cocina, pero cuando he entrado a lavarme la cara allí estaba, relucientemente plateada conectada encima del bidé. Ha sido un momento divertido. Un, ¿What a fuck? de campeonato, de los mejores del año diría yo.
Cristina comenzó a reír, alternando lágrimas y sollozos con amagos de carcajadas.
Durante la explicación de la tostadora, eso tenía los ojos abiertos y no pestañeaba. Parecía dudar.
Siguió hablando.
Sé por qué estás aquí y tengo una teoría del motivo por el cual no te irás. Dicen que el primer paso es reconocerlo. Son aproximadamente 2 meses los que te conozco, pero intuyo que estás ligado a algo. Algo que hace de mí una persona autodestructiva e insegura. Ya he tenido suficiente por hoy, quiero irme a casa.
Puesto que llevaba consigo su bolso rechazó la idea de cruzar la gran hilera de mesas de oficina y sus correspondientes individuos a recoger el resto de sus pertenencias, por lo que fue directamente al ascensor.
¿Estás incómoda, Cristina? ¡Mira! ¡Oh! Qué suerte has tenido, no hay nadie en el ascensor para que vean esa cara que me llevas. En serio, mírate en el espejo, estás muy delgada.— eso hizo una pausa y prosiguió. Estoy contrariado por tu comportamiento y un poco disgustado también. Te has alegrado por una tontería en el baño, que sea la última vez. En tu trabajo no ¿vale? Aquí estás para lo que yo quiera que estés.
Cristina tenía la boca seca, pulsó el interruptor de PB y se miró al espejo. Sacó una toallita del bolso y la pasó lentamente por sus ojos, consiguió limpiar los restos de maquillaje. A cuatro plantas para llegar sintió un vértigo repentino. Se agarró con fuerza a la barandilla durante ese descenso como si fuese una atracción en un parque temático y cerró los ojos.
¡Clin!
Al salir del edificio respiró profundamente y consiguió tranquilizarse un poco. Esa calma solo duró un minuto.
Caminó hacia la boca del metro casi sin fuerzas y a punto de desfallecer. Dejó de avanzar y miró hacia atrás en busca de eso. Al no percibir su presencia se dirigió a las escaleras del subterráneo, pero tropezó con una baldosa y cayó al suelo.
Levántate, despojo. ¿Sabes cuál es tu problema? ¿Sabes por qué no le gustas a nadie? Yo te lo voy a decir. No gustas a nadie por tu facilidad para hacer sentir mal a las personas.
Cristina gritó de rabia y confusión. El tormento al que estaba expuesta sabía que llegaba a su fin una vez bajase esas escaleras. Así que cogió su bolso y se levantó del suelo. Percibió dolor en una de sus rodillas y cojeó lentamente por la placeta peatonal. Se sorprendió a sí misma taponándose los oídos mientras avanzaba y se acordó de un fragmento de Ensayo sobre la ceguera, de Saramago:
“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven, ciegos que viendo, no ven”.
La entrada al metro ya no le parecía tan claustrofóbica, sus pasajes entre andenes se mostraban ante ella con mayor amplitud y con menor afluencia de gente.
Ambos habían acabado la jornada y llegaban a casa. Arreciaban las tormentas en esa época del año, pero esa tarde ya había escampado y el horizonte prometía un tiempo muerto de agua. Ella dejaba sus demonios en la parada de metro hasta un nuevo día y entonaba una canción entre dientes al cerrar la puerta de casa para evitar sucumbir a pensamientos contraproducentes. Esteban había llegado media hora antes que ella.
Al entrar por la puerta y dejar las llaves, Cristina se dirigió al salón. Él se encontraba sentado en el sofá con la tostadora sobre sus rodillas, como un niño con cara de culpabilidad por haber hecho alguna trastada.
Me la he cargado del todo y casi no lo cuento, ¿compramos otra? —Dijo Esteban.
Cristina se quedó en silencio un momento y comenzó a dibujarse una sonrisa en su rostro al mismo tiempo que iniciaba una risa nerviosa.
Por supuesto que sí, querido. Pero antes tenemos que hablar.
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